CÓMO SE PERPETRÓ EL MOSTRUOSO ASESINATO DEL “TERO”

A eso de la una de la madrugada del día 17 de julio de 1919, el presidente del Sindicato de Tintoreros, Pablo Sabater (a) “Tero”, regresaba a su domicilio sito en la calle del Dos de Mayo, de la Barriada de San Martín, completamente tranquilo y muy ajeno por cierto al espantoso atentado de que iba a ser víctima dos horas más tarde.

La noche era deliciosa, apacible, de verano ardiente y voluptuoso. En el cielo puro, límpido, sereno y azulado brillaban tímidamente algunas estrellas, y la democrática calle del Dos de Mayo se veía solitaria, quieta, silenciosa. La plácida quietud y el callado reposo de aquella barriada sólo era turbado de vez en cuando por las fuertes pisadas del modesto vigilante nocturno Ángel García, al hacer el recorrido de la demarcación a su cargo, sin que él, ni nadie, pudiera sospechar el trágico drama que en la soledad misteriosa se estaba incubando y que en breve se iba a desarrollar con la más segura impunidad.

A poco aparece un joven trabajador, recio, fuerte, robusto, de rasgos afilados y pletórico de vida y de ilusiones. Este joven trabajador es Pablo Sabater Llirós (a) “Tero” presidente del Sindicato de Tintoreros, quien, después de asistir a una asamblea de huelguistas pertenecientes a dicho ramo, se retira a descansar alegre, confiado. Al llegar al cruce de la referida calle con la de Mallorca, Sabater se para a conversar un rato y fumar un cigarrillo con el vigilante del que se despide cariñosamente poco después, entrando en la casa, número 274, tienda, donde está domiciliado en unión de su buena y laboriosa compañera Josefa Ros Lleugé.

A las dos horas y media aproximadamente, o sea a las tres de la madrugada, un automóvil lujoso, reluciente, como de charol, aparece por la calle Mallorca, deteniéndose frente a la fábrica de cerveza la “Bohemia”, y de su interior descienden tres individuos de aspecto patibulario.

Uno de ellos, alto, elegantemente vestido y que no deja ver más que dos ojos amenazadores, una nariz aguileña y unos bigotes formidables, exclama:

– Ya hemos llegado – y dirigiéndose a los dos sujetos que le acompañan ordénales, autoritario, que llamen al número 274 y, debidamente esposado detengan a Pablo Sabater, presidente del Sindicato de Tintoreros. Estos, obedeciendo la orden del que, según todos los indicios, parecía ser el jefe de la partida, llaman imperativamente a la puerta de la citada casa con las frases de ritual: “¡Abran a la autoridad!”, contestando el “Tero” que se esperen un momento, pues va a vestirse.

Poco después, Sabater franquea la puerta y avanza inerme hacia los agentes, lento, tranquilo.

– Aquí me tienen ustedes, si me buscan. El “Tero” se entrega.

– ¡Arriba las manos! – grita uno de ellos apuntándole al pecho con la pistola.

El detenido obedece sereno, y dócil ofrece las muñecas para que lo esposen.

– ¡Apriétale bien! … ¡Otros eslaboncito más! – ordena con gesto enérgico el que parece tener más categoría y cara de más grosero, de más canalla, de más bandido.

El rostro del infeliz Sabater se contrae en una horrible mueca de dolor intenso. Y suplica con los ojos humedecidos por el llanto:

– ¡No me traten así, señores policías, que no soy un criminal, sino un humilde obrero!

Y sin conmiseración, aquellos esbirros inquisitoriales, a empellones lo empujan brutalmente hacia el arroyo.

El detenido se tambalea, mártir del terrible suplicio que las esposas le prodecen en las muñecas.

Ya en la calle, lo cogen entre los tres y lo arrojan al interior del automóvil como a un fardo.

Arranca veloz el coche, con los faros apagados, en dirección a la carretera de Montcada …

La desventurada esposa, que hasta entonces ha permanecido muda, mirándolo y oyéndolo todo poco menos que idiotizada a causa de la impresión, deshecha en lágrimas se lanza como loca sobre el lecho, hendiendo las paredes con puntiagudos y atravesantes alaridos de dolor, de consternación tremenda.

El infortunado Sabater, al verse a los pies de aquellos facinerosos, sintió un estremecimiento convulsivo, le temblaron las piernas y le castañetearon los dientes. Vio ráfagas de luz, círculos luminosos y espadas de fuego.

El automóvil, en plena carretera de Montcada y en las inmediaciones de la “Torre Baró”, para en seco su vertiginosa marcha al lado de la cuneta, y los tres malhechores que iban en su interior obligan al detenido a apearse del carruaje encañonándole con las “Stars”.

Temblando como un enfermo de la médula, desciende del coche el “Tero”.

– ¿Me vais a matar? – inquiere en un balido de bestia mansa el desdichado – . ¡No me mateis! ¡Os lo pido por vuestras madres, por vuestros hijos! ¡Piedad! … ¡Piedad! – clama de rodillas.

Y aquellos hombres fieras, insensibles, malvados, crueles y satánicos, lo arrojan violentamente a la cuneta de la carretera, disparando los tres a la vez sobre el cuerpo del infeliz esposado e indefenso. Y en los estertores de una agonía feroz, retorciéndose moribundo en un charco de sangre espesa y humeante, aun puede balbucir despreciativo: “¡¡Miserables!! ¡¡Canallas”!!”

Los asesinos, consumada la cruel, la inaudita, la monstruosa hazaña, montan en el automóvil lujoso, reluciente, como de charol, y, rebosantes de satisfacción, regresan a la ciudad luminosa, a la antorcha espiritual de la España viciosa de los Borbones, a la feliz Barcelona burguesa.

 

El qui això escriu és Manuel Gómez Casal, ex-comisario de Policía de primera clase de Barcelona. Ho escriu en un llibre titulat Origen y actuación de los pistoleros (pàgs. 69 a 73). El llibre no porta data de publicació, però, al començament, fa referència a les eleccions del 14 d’abril de 1931 i a la primera plana del exemplar que jo he consultat, hi ha una dedicatòria del Autor datada el 26 de desembre de 1931. Per tant, cal suposar que va ser entre aquestes dues dates que es va publicar. Segons sembla, però no ho he pogut constatar, se’n va fer una reedició per una editorial anarquista militant (Icària) en els anys 70.

El senyor Gómez Casal ens explica a la introducció que ell va tenir coneixement dels fets que ens narra en raó del seu càrrec de comissari de policia i que tot el que s’havia escrit fins a la data sobre el terrorisme social, feia referència als anys posteriors a 1921; es a dir, als anys en que va ser governador civil de Barcelona el senyor Martínez Anido, inventor de la “llei de fugues“. Ell ens vol explicar alguns fets anteriors a aquest període, concretament 1918-1920, que, tot i ser menys violent, no deixa de ser l’inici dels sagnants episodis posteriors. El senyor Gómez Casal devia ser durant molt de temps comissari a Barcelona, ja que ens explica que ja va intervenir en els atemptats dinamiters d’en Joan Rull el 1908. Ens explica també la seva participació a la Setmana Tràgica (1909) i als fets de l’assemblea de parlamentaris de 1917. Així doncs, cal creure que l’home està prou documentat com per fer-li cas.

El senyor Gómez Casal, malgrat el seu càrrec, és un fervent republicà i en fa professió a la introducció, rebutjant de forma inequívoca la dictablanda primorriberista que havia patit el país des de 1923 fins al 1930. I ens diu que cal explicar tots aquests fets antes de que caigan por entero en las yertas obscuridades del olvido o en la vacilante sombra de la penumbra histórica, para mostrar al mundo la perversidad de algunos hombres sin entrañas y las  aberraciones de que es capaz la humana flaqueza (pàgs. 12-13). El pobre home no podia saber aleshores que, després d’uns anys de república, el país cauria en una nova dictadura que, aquest cop, duraria quaranta anys i que, aquesta sí, va aconseguir que tots aquests fets quedessin a la penombra històrica. De fet, durant la República, ja hi va haver a Barcelona un carrer dedicat a Pau Sabater (que, per cert, no he aconseguit esbrinar quin era), però es va retirar el nom tot just acabada la guerra. Els que van guanyar, sí que en tenien de consciència històrica: la seva, és clar. Tanmateix, a casa nostra, que n’érem familiars, sempre se’n parlava poc del meu besoncle; tant era el pes de la consciència històrica!

Els historiadors moderns, tipus Vicens Vives i Pierre Vilar, ens han acostumat a una visió històrica plena de xifres, estadístiques i realitats socials, però han deixat de banda les historietes que, amagades al darrera d’aquest quadre social, ens expliquen més coses sobre la vida quotidiana que tots els gràfics i quadres que ens mostren. Potser hagi de ser així la Història, amb majúscules, però penso que també cal rescatar les historietes personals para someterlos, en definitiva, al severo juicio y recto fallo de la pública opinión (pàgina 13), com ens diu el propi Gómez Casal.

Bé, ara ja sabeu quelcom més del meu besoncle, encara que os he de confessar que vull explicar-vos més coses, però les deixarem per a escrits posteriors, sinó es fan massa llargs i temo avorrir el personal. Només una observació addicional: El Sindicat de Tintorers (conegut com el Ram de l’Aigua) que presidia el meu besoncle, estava afiliat a la C.N.T. Potser no calia dir-ho, però penso que és millor deixar les coses clares.

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